
Permitirme que os hable de “el arte de la prudencia” de Baltasar Gracián. Me fascina como un sacerdote que existió hace más de cuatro siglo, tuviera un enfoque tan lúcido de cuales son la claves para aproximarse al éxito en las relaciones sociales y económicas de la época, pero me fascina aun más, que dicho enfoque esté tan vigente y en plena crisis….. No deja de sorprenderme como en el fondo, hemos cambiado tan poco y como nos cuesta tanto aprender de los errores del pasado.
El libro se compone de 300 preceptos…..cada uno tiene su historia. No me preguntéis por qué pero hoy me quedo con el 70, con el 81, y sobre todo… con el 101… así rezan:
70. Saber negar. No se debe conceder todo, ni a todos. Tanto importa saber negar como saber conceder y pelos que mandan es una prudencia necesaria. Y aquí interviene la forma: más se estima el no de algunos que el si de otros, porque un no dorado satisface más que un si a secas. Es mejor que queden siempre algunos restos de esperanza para que templen lo amargo de la negativa.
81. Renovar el lucimiento. La excelencia suele envejecer, y con ella la fama. La costumbre disminuye la admiración y una novedad mediana suele vencer a la mayor eminencia una vez envejecida. Hay que renovar el valor, el ingenio, el éxito, todo. Hay que aventurarse a renovar en brillantez, amaneciendo muchas veces como el sol, cambiando las actividades del lucimiento. La privación provocará el deseo, y la novedad el aplauso.
101. La mitad del mundo se está riendo de la otra mitad, y ambas son necias. Según las opiniones, o todo es bueno o todo es malo. Lo que uno sigue el otro lo persigue. Es un necio insufrible el que quiere regularlo todo según su criterio. Las perfecciones no dependen de una sola opinión: los gustos son tantos como los rostros, e igualmente variados. No hay defecto sin afecto. No se debe desconfiar porque no agraden las cosas a algunos, pues no faltarán otros que las aprecien. Ni enorgullezca el aplauso de éstos, pues otros lo condenarán. La norma de la verdadera satisfacción es la aprobación de los hombres de reputación y que tienen voz y voto en esas materias. No se vive de un solo criterio, ni de una costumbre, ni de un siglo.






